martes, 1 de abril de 2014

Las Mujeres de Sobra (Sheng Nu): Las Tres Flores de China

Siempre supe que en algún momento mis historias de blog iban a surgir de la conversación con un taxista.
En China los taxistas viajan con un cuestionario para extranjeros debajo del asiento. Siempre nos preguntarán dónde trabajamos, si hablamos chino, si nos gusta China y los chinos, qué pensamos de los norteamericanos (si no somos uno), cuál es nuestro sueldo y… si estamos casados y tenemos hijos. Pero hace algunos días, después de prevenir que un muy poco caballeroso hombre chino me robara el taxi que estaba esperando hacía 15 minutos bajo la lluvia, la conversación fue más allá del cuestionario, llegando a ser el disparador de este post. El hombre de ojos pícaros que manejaba el auto sonrió y se acomodó en el asiento cuando vio que yo podía entender lo que él me preguntaba. Todo lo que preguntaba y me contaba me abría un poco más la puerta al hermético mundo social de China, hasta que se hizo el silencio. Podía sentir como el taxista quería preguntar pero no se animaba. Unos segundos después me miró por el espejo retrovisor y juntó coraje “¿Tenés novio?” Sonreí y contesté mi discurso de siempre, “No, no estoy de novia, no estoy casada y tampoco tengo hijos”. Me divierte contestar esa pregunta, me imagino como una amazona fuerte e independiente, imagen que confunde a cualquier hombre chino. Juro que no esperaba lo que sucedió después. El taxista frenó el vehículo y se dio vuelta para sermonearme en un tono parecido al de las películas donde se personifica a Dios “¡Eso está muy mal! ¡Ya tenés 28 años, tendrías que estar en pareja!”. Me hervía la cara. Pasaron unos largos segundos antes de poder responder un muy cierto “No, no está mal… yo estoy bien”. Y lo estoy. Seguimos el recorrido callados y pensativos. O al menos yo. Desde ese momento no puedo dejar de pensar en lo afortunada que soy de no ser una mujer de 28 años, que no está casada y no tiene ni siquiera un hijo y nació en China.

Cuando se nos dice que el cielo es el límite desde que somos pequeños, eso es precisamente lo que sucede. Recuerdo la voz de mi madre diciéndome que yo era artífice de mi propio mundo, y que podía dibujar en él lo que creyera me hacía feliz, incluso el amor, el matrimonio y los hijos. No me malentiendan, soy una de esas que se enamoran del amor, pero el camino que me hace feliz no me ha llevado todavía a casarme. Nadie me ha hecho sentir que deba hacerlo.  Esa libertad de elegir y ser dueños de nuestras vidas, que a veces nos pesa, es algo que yo atesoro y agradezco todos los días.

Del otro lado del mundo, por el contrario, desde pequeños a los niños se les dibuja un mundo en el que ellos deben verse triunfando.  El cielo es el límite, pero al llegar ahí hay que contraer matrimonio, tener un “pequeño emperador” y cuidar de la familia. Y si uno nació siendo hombre también debe ganar suficiente dinero, no importa demasiado haciendo qué. La sociedad china se ha forjado en algo que Confucio les inculcó hace miles de años: la familia está en el centro de la vida de todo individuo chino. Según el confucianismo, por piedad filial se entiende que el hijo debe respetar y obedecer a sus padres, someterse completamente a ellos, honrar el nombre de la familia y mantenerlos económicamente en caso de necesidad. Formar una familia es parte de esa responsabilidad que tienen todos esos hijos. Es el objetivo de vida primordial.

Mercado de parejas en Shanghai: si no se encuentra pareja seguro mamá y papá pueden ayudarte posteando tus datos (inclusive tu teléfono móvil) en la plaza del pueblo. Ellos se quedan allí para hablar con los padres de posibles candidatos y así poder concertar una cita.
No era mentira lo de los datos. Información acerca del físico, los estudios, el trabajo y el sueldo son vitales para conseguir pareja de esta manera.
 En China la gente se casa. Punto ¿Por amor? No siempre. Mentiría si digo que no he visto parejas chinas felizmente casadas. Es algo que se presiente cuando uno ve ancianos ayudándose entre sí para cruzar la calle, hombres llevando carteras de colores de sus esposas (ja, ja, ja), y familias vistiendo la misma remera con el slogan “Happy Family”. Pero en China no se espera sentir amor por la pareja para casarse. Unirse a otra persona en matrimonio, aún en la actualidad, es un deber social, y este “tengo que hacerlo”  muchas veces se convierte en cubo macizo de hierro anclado al piso que se tiene que arrastrar toda una vida, especialmente cuando el hombre o la mujer “ideal” no aparece. No casarse es llevar un gran cartel en la frente que se lee “fracasado”. Nadie quiere perder integridad en China por no casarse.


Ellos parecen felices luciendo la misma remera (Dailymail.co.uk)

¿Pero por qué el cielo parece haber caído algo bajo? Uff, por más que se quiera decir “pero eso está muy mal”, siempre hay que entender que hay un porqué. Más que nada aquí. Verán, el sistema de seguro social de China ha sido ineficiente por muchísimos años. Los ancianos al jubilarse no pueden mantenerse con la pensión otorgada por el gobierno, así que son los hijos los que deben mantenerlos. El matrimonio de los hijos asegura ese apoyo económico. Una importante fuente de ingresos, o incluso dos, resguarda un merecido bienestar económico para los padres ya retirados. Así también, casarse es respetar el nombre de la familia, evitar que caiga en la vergüenza de admitir que los hijos no pueden casarse.  Nadie quiere que su familia pierda integridad por no casarse.
He aquí una breve explicación de lo que es el amor filial. Este es un infomercial que se pasa en la televisión abierta entre programas. Para saber más sobre esto recomiendo leer el artículo de Alfonso Araujo. En él, Alfonso escribe:
SUBTÍTULOS

0:03    Cuando era niño, papá era el soporte de la familia.
0:13    Grande y fuerte, protegió a la familia del viento y de la lluvia.
0:16    Mamá nos cuidó a papá y a mí con dulzura.
0:23    Poco a poco fui creciendo.
0:26    Como un jovencito quise rebelarme de la protección que papá ofrecía.
0:30    Mamá me regañaba y seguido discutía con ella.
0:37    Ya como adulto, vi que la vida no es fácil.
0:41    Me fui dando cuenta de que la espalda de papá se fue encorvando.
0:47    Y el cuerpo de mamá se fue haciendo más frágil.
0:56    Ha llegado el momento de asumir la responsabilidad de un hijo.
1:03    Ser el bastón y el descanso de papá.
1:09    Y ser la sombrilla y la protección de mamá.
1:25    Si hay amor, hay responsabilidad.

Y aunque hasta ahora lo que estoy explicando parece sencillo (es decir, hay que encontrar una pareja y casarse, en un país con una población de 14 billones de personas eso no es difícil), ya he explicado mil veces que en China todo tiende a lo complejo. Y sería bastante sencillo si no fuera porque estamos hablando de seres que piensan, sienten y aman como cualquier otra persona en el mundo.

China es un país tradicional, conservador, arraigado en el pasado y hermético a la influencia extranjera. Pero en un país donde el progreso económico y profesional de sus individuos durante los últimos 40 años pasó a tener un rol egocéntrico, toda limitación social parece algo… contradictoria. A las mujeres en la escuela se les dice que saquen las mejores notas, que ganen becas, que vayan a la universidad si es que la familia puede pagar un curso… pero en general no se espera que realmente se gradúen o que se vuelvan profesionales. Es más, en algunas familias volverse profesional en el caso de las mujeres es algo poco querible ¿Por qué? Porque el objetivo primordial sigue siendo el mismo: Por qué graduarse y obtener un trabajo para ganarse la vida si se puede obtener lo mismo casándose con un hombre que pueda mantener a la familia. Así nadie perderá integridad, el hombre hará lo que vino a hacer a esta tierra, trabajar, y la mujer cumplirá con su papel de esposa y madre. Si tiene suerte será como de esas de revista de los 50s o 60s donde deben vestir bellos vestidos, arreglarse el pelo y llevar al niño al colegio (porque nadie quiere tener a una niña como hija), sino tendrá que trabajar además de cumplir con sus responsabilidades. No hay tragedia. Algunas mujeres se casan felizmente, otras eligen casarse tejiendo otros sueños a medias, y hay un grupo selecto de mujeres que está creciendo que decide hacerle caso a su grillo interior de la conciencia y construir una carrera. Estas mujeres caprichosamente hacen saber a sus familias que no les gusta el cielo que les han pintado y quieren ir en busca de uno propio.  

 La primera vez que oí hablar de este grupo selecto quedé horrorizada. Ian, el joven de 29 años que no estaba casado ni tenía hijos hasta ese momento, presenció cómo se me cayó la taza de café cuando llamó a estas mujeres por su nombre chino: Las mujeres de sobra. Sí, las mujeres son comparadas con la olorosa porción de pizza vieja que queda en la caja por días y nadie quiere. Todos lo pensamos, pero, al mismo tiempo que Ian explicaba que eran las Sheng Nu, nadie estaba señalando con el dedo al muy soltero Ian que lejos estaba de casarse.  Aparentemente los hombres pueden tener otros objetivos puramente relacionados con la satisfacción económica y no se los culpa (tanto) si no consiguen casarse o sí esto no se prioriza.

Las Mujeres de Sobra (Sheng Nu), explicado por la gente de Off the Wall en Youtube

Pero la injusta comparación no fue lo que me dio revolvió el estómago, sino saber que la etiqueta habría sido elaborada en una serie de artículos gubernamentales publicados por la Federación de la Mujer en China, un organismo gubernamental que debería defender los derechos de las mujeres.  De acuerdo a estos artículos, las mujeres que nacen con una belleza natural no necesitan educarse para formar una familia rica y poderosa. En cambio, mujeres que no son tan atractivas deben ir a la universidad y conseguir un buen trabajo para poder ser competencia de aquellas que no lo necesitan. Según este organismo feminista, las mujeres de sobra están demasiado educadas. No se dan cuenta que valen menos y menos a medida que pasa el tiempo. Y uno se termina preguntando, qué es lo que valemos.

Imaginen por un momento ese segundo en el que una mujer cumple 28 años y no se ha casado. Imaginen a madres, padres, hermanos, amigos, jefes, niños, taxistas… diciendo “eso está mal, te vas a quedar sola” a toda hora y en todo lugar. Imaginen todo año nuevo, toda celebración nacional, todo domingo en familia, todo viaje diurno al trabajo, un casamiento (Ay, Dios!)... Imaginen lo que debe implicar ser considerado un fracaso de la sociedad.

Recuerdo que mientras Ian dejaba escapar ideas de su cabeza sobre por qué las Sheng nu estaban destinadas a permanecer solteras, lo único que sentí fue pena. Mucho tiempo me llevó darme cuenta que las mujeres que me han abierto las puertas a su mundo son teóricamente mujeres de sobra, y si hay algo que no siento por ellas es pena. Son las mujeres más fuertes que conozco. Inteligentes, triunfadoras, trabajadoras como ninguna. Sueñan con conocer al hombre indicado, aquel que las ame y ellas amen, aquel que las haga sentir mujer de mundo. Tienen estándares y no quieren conformarse con cualquier hombre que las intenta seducir. No aceptan presiones y construyen un muro a prueba de prejuicios. Esa fortaleza, esa tenacidad, ese amor por ellas mismas las hace bellas e irresistibles a los ojos de cualquiera.


Porque adoro a esas tres mujeres es que las entrevisté, les hice contar la historia de su vida. Me siento pequeña y demasiado afortunada. Llegué aconocer rincones que no me habían mostrado antes y me emocioné como nunca. Como a mí dejen que estas tres mujeres les enseñen cosas, dejen que ellas muestren lo que es vivir en China siendo mujer. En los siguientes tres días podrán leer cada una de estas breves historias.  Quiero presentarles a las tres flores de China.

miércoles, 19 de marzo de 2014

China Vegetariana: La Odisea

“¿Ah, sí? Mirá vos…” seguido por un largo silencio fue lo que recibí de mi gente en Argentina cuando les di la noticia de que era vegetariana. Aparentemente lo que yo pensé era una hazaña no era más que algo que todos esperaban de mí en algún momento.

Es que mi vida en verde comenzó hace alrededor de diez años cuando empecé a hacer yoga. A medida que podía hacer rutinas más avanzadas me fui dando cuenta de que había algo muy cierto y de lo que descreía en un 100%: el cuerpo habla. A veces se vuelve medio autoritario y no nos agrada, pero si tenemos que escuchar algo durante el día, que sea nuestra voz. A mí yo misma me estaba diciendo que dejara de comer tan mal.

No me hice come-hojas de la noche a la mañana. Al principio me di cuenta que habían cosas que no quería comer más, y que no comerlas me dejaba en mejores condiciones para practicar una disciplina que hoy en día es un pilar de mi salud. Empecé a comer muchas verduras y frutas de variados colores y dejé de comer snacks, dulces, pan y facturas, aceites y eventualmente carne en demasía, aunque todavía algo comía. Me sentía un poco extremista e intolerante, sobretodo en Argentina donde las carnes son algo vital en el plato diario. Y confieso que he sufrido el amistoso bullying de mis amigos.  En algún momento “Tortuga” pasó  a formar parte de mis apodos. Hoy en día llevo el título con honor, soy una tortuguita muy sana desde entonces y mi rendimiento físico ha mejorado mucho.
La razón por la que me hice come-hojas (Foto: Kala Moreno Parra).
Somos lo que comemos. No hay duda. Pero lo que decidimos comer afecta no sólo nuestro cuerpo o un chequeo médico, sino que refleja lo que pensamos y sentimos.

Mudarme a China quizás fue lo que me llevó a asociar esa famosa frase “somos lo que comemos” con algo que practico concienzudamente desde que abro los ojos: el concepto de ahimsa, la no-violencia. Respetar la vida del otro en todos los aspectos nos lleva a perdonar, a ser pacientes, a tolerar diferencias, y eventualmente nos integra, nos pacifica y, quieran aceptarlo o no, nos hace felices. Pienso que todos deberíamos desarrollar esa virtud al máximo potencial. Fue porque pienso así que un buen día me di cuenta que yo, la ferviente defensora del “no hagas daño”, no estaba respetando mis propios principios.

Ya antes de llegar a Yangzhou me llegaban noticias acerca del maltrato animal en China. Es cierto que, en su visión del estado de las cosas, para los chinos la vida de ciertos animales tiene muy poco valor. La vida de los animales de cría, incluso a nuestros ojos, transcurre de una manera muy cruel. Yo escucho sobre esto todos los días, lo discuto con mis pares, lo veo con mis propios ojos, y aún así, hasta hace muy poco no hacía nada al respecto. Fue un almuerzo y el irme a la India lo que marcó el inicio de mi carrera vegetariana.

El almuerzo

En la mesa había una amplia selección de platos con sobras de la cena de año nuevo chino. Nicole, mi alumna de español, me explicaba que tenían los platos a medida que su abuela los colocaba en el cinturón. Hígado de vaca, intestino de caballo, un pato entero, moluscos de río y medusas era lo que acompañaba a los platos principales por los que papá Nicole se había relamido un par de veces: rana, tortuga y perro. Ninguno de los platos tenía vegetales. La sonrisa de abuela y mamá Nicole me enfrentaban a una cruel y evidente realidad: como una adulta no podía levantarme y salir corriendo de esa casa de locos.

Papá Nicole y abuelo Nicole eran los encargados de poner los trozos de animales en mi plato mientras yo recolectaba alguno con los palillos e, intentando pensar en que no era lo que yo sabía muy bien que era, lo comía. “No te preocupes tanto, no son ranas lindas, son ranas que se comen” decía Nicole mientras yo intentaba no tragarme los diminutos huesitos. “Esta es la mejor parte” decía Papá Nicole poniendo en mi plato lo que creo era lo que separa a la tortuga de su caparazón. Lo mastiqué y lo tragué con el más intenso desprecio por mí misma. Deben haberme visto entrando en pánico cuando alguien acercó el plato con perro, porque nadie intento convidarme ni la más pequeña porción. Esa tarde, camino al aeropuerto de Shanghai para partir hacia la India, todo lo que podía imaginarme fue a esa misma tortuga encerrada en una bolsa como las tienen a la venta en el supermercado. Limitada en sus movimientos mientras sus hermanas se apilaban unas sobre otras para intentar salir de la diminuta pecera donde las tenía su verdugo.

Todavía no entiendo muy bien por qué las ponen en estas bolsas. La tortuga está viva, sí.

Las ranas feas que sí se comen.

Las tortugas se apilan para tratar de salir.

Este pez se hace camino nadando entre los peces que yacen muertos ya en el fondo.
Después de aquel episodio no me fue difícil volverme vegetariana, y estar de vacaciones en la India hizo el proceso muchísimo más sencillo. India tiene la comunidad de vegetarianos más grande del mundo, son más de 500 millones los que, avalando el concepto de la no-violencia, deciden no comer carne en pos de respetar la vida animal. En ciudades religiosas como Rishikesh y Pushkar no se puede comerciar carne de ningún animal.

Luego de pasar diez días en el paraíso de los vegetarianos es que decidí sacarme ese peso de encima: hoy soy vegetariana.

Cómo volverse vegetariano en China

“¡Oh! ¡Por Dios!” dijo mi amiga china Sara cuando le conté la noticia. Mi jefa rompió en carcajadas mientas cortaba su churrasco de cerdo en el almuerzo, y mis compañeros no dudaron en decirme “estás jodida”. En mi oficina, “ta bu chi rou” (ella no come carne) reverberó por horas, seguido por un “pero ¿No es Argentina?”. Todavía me siguen ofreciendo dumplings de cerdo y mini salchichas, esperando que deje esa estúpida idea. Por algo será que las palabras  “Vegetarianismo”, “vegano” y “vegetariano” no existen en el vocablo chino. La realidad es que es muy difícil ser vegetariano en China.

Se ha hecho saber hace ya un par de años que en China se come demasiada carne. La carne, hoy en día, es accesible para la mayoría de su población por su creciente bienestar económico. Ademas, todavía se cree que cuanta más carne se coma, más saludable será el individuo. Sumado a creencias como “cuando hace frío hay que comer carne”, “la carne te hace alto y bello como a un extranjero” y “si sos hombre tenés que comer carne” se da como resultado una dieta basada en productos animales de todo color, tamaño y gusto jamás visto en otras tierras. Casi todo lo que se nos ofrece en China tiene carne, tiene caldo de carne, está cocinado en jugos de carne o se hizo en las mismas ollas y sartenes donde se cocinó carne. Uno siente que no puede escapar.

Aún así, luego de un mes y una semana de ser vegetariana en China puedo decir que no solo no es imposible, sino que sortear las dificultades que este país carnívoro me presentó ha fortalecido mis convicciones. Porque creo en lo que estoy haciendo. Y porque yo ya he pasado por varias pruebas es que puedo dar algún que otro consejo.

 La palabra “vegetariano” no existe

Por eso hay que saber aprender a expresar lo que uno come y lo que uno no come. “Wo bu chi rou” (no como carne) es lo que yo más uso, pero no garantiza que me entiendan. Me ha pasado y me sigue pasando que en los restaurantes me ofrezcan pescado, mariscos, sangre coagulada e incluso ciertos cortes de carne como si no fuera carne. Por eso, además de decir que no comemos carne, pescado, huevos, etc. también hay que aprender a decir qué comemos: “wo chi cai” (yo como vegetales).

Aún así, con la lista de frases en la cartera, hay que acostumbrarse a recibir miradas que nos dicen “no entiendo”. Capaz es mejor que nos acompañe un local.

Lo que comemos ¿no tiene carne?

Para hacer las cosas bien hay que asegurarse que lo que compramos por ahí (porque la comida de los puestos callejeros y los restaurantes chinos son un templo de perdición difíciles de abandonar) no tenga carne. Es un proceso de prueba y error.

Cuando el novio de Sarah me invitó a comer con ellos en un restaurante tailandés, nunca imaginé que él iba a pedir todos los platos antes de llegar. Si bien parece algo descortés, en China es de suma educación pedir antes de que llegue el invitado. Habíamos salido del gimnasio, así que no me pareció nada mal, estaba muerta de hambre. Pero Sarah había olvidado que yo era vegetariana, así que todo en la mesa tenía carne excepto una sopa espesa y rosácea que a mis ojos era lo más exquisito que China podía ofrecerme en ese momento. No fue hasta que me terminé la mitad del bowl y hundí la cuchara hasta el fondo que encontré dos langostinos gigantes de ojos saltones que me miraban confundidos.

En China hay que asegurarse que la comida REALMENTE no tenga carne. Según mi experiencia, y porque en China NO HAY muchos vegetarianos, los chinos no entienden qué entra realmente en la categoría “carne” y qué no.

Mi amiga Belén Pino, de larga carrera vegetariana ya, diría que siempre hay que llevar una zanahoria y una manzana en la cartera. Por las dudas.

 La lista verde

En realidad son dos listas: vegetales y restaurantes vegetarianos. No importa dónde estemos en China, siempre habrá al menos UN restaurant vegetariano. Si bien las direcciones varían, buscar uno cerca de templos budista es andar por buen camino.

Como dije antes, tener una lista de nombres de vegetales en chino es sumamente útil. Es más sencillo decirle a la mesera qué es lo que comemos que decirle qué es lo que no comemos. En algunos restaurantes les será difícil leer pinyin, así que tener los caracteres escritos por algún chino caritativo con su tiempo no está nunca de más. Pueden encontrar más información en vegetarian-china.info.

Del mercado a la sartén nace el chef vegetariano

Hay que ponerse a cocinar. Podemos cocinar lo que ya sabemos que nos llena el espíritu o podemos aprender algo de la cocina China. Los mercados aquí abundan en frutas y verduras, algunas conocidas y otras desconocidas, que harán de la tarea algo más fácil.
Como yo, este muchacho mira la fruta porque probablemente no sepa qué no llevarse.

Uff, y los precios. Por 2 dls. comí toda la semana casi.


En china no se comen muchas legumbres, pero se encuentran en los mercados junto a los granos. De todas maneras se recomienda comer legumbres y granos en menos medida ya que el excedente de hidratos de carbono se vuelve azúcar y hay riesgo de contraer diabetes.

Comer hay que comer

Y hay que cuidarse. Si bien no soy una experta en el tema (los de PETA sí lo son y te proporcionan un manual), todos sabemos que si abandonamos la ingesta de carne hay que suplir la deficiencia de vitaminas, calcio, hierro, minerales y aceites. Por eso hay que encontrar legumbres, comer vegetales y frutas de todos colores y empezar a comer nueces (almendras y nueces) y semillas.

 Disfrutar y sonreír

Por último, el mejor consejo que puedo dar al respecto es ser felices durante el proceso. No tenemos que sufrirlo, por algo tomamos esa decisión. Pero ser vegetariano no es para cualquiera. Hay gente que gusta de comer carnes y sus derivados, y para la que dejar de comer todo esto es un castigo auto-impuesto. Hay gente que no come muchos vegetales y frutas porque no les gustan. Si ningún médico les recomendó optar por una dieta vegetariana, quizás no deberían hacerlo. Simplemente pueden respetar la vida de otra manera o en la medida en que se pueda. Hay que alimentarse bien y cuidar de que no nos falte nada que después nos saque la energía para vivir con ganas.

Los platos vegetarianos que se pueden comer en buena compañía se hacen encontrar en China.



Yo mientas voy de aquí para allá por los rincones de China, disfrutando de poder decir “bu chi rou” mientras observo la expresión de “¡Qué horror!” que transforma los rostros de  personas que se pierden de entender lo importante detrás de lo que estoy haciendo hoy.

jueves, 13 de marzo de 2014

Sobre las Maldivas, una Cita en China y Caer en la Realidad

Es injusto me dije la primera vez que me percaté del problema.

No es poco frecuente toparse con fotos de montañas donde el sol imprime diseños arabescos, milenarias ciudades que visten infinitos colores o el ingenio de artistas desplegado en la arquitectura de algún lugar. Estoy seguro que más de uno vuelve en sí babeando de algún sueño diurno en el trabajo causado por ver fotos de algún álbum de Pinterest titulado “lugares a los que tienes que ir antes de morir”. Y también estoy segura de que más allá de que todos tengan algo que nos gusta, hay lugares que nos enamoran más que otros. Simplemente hay ciertos lugares que  nos llenan las retinas y nos vacían los bolsillos casi al mismo tiempo.

Para mí, soñar con las Maldivas se había vuelto una adicción tan grande como comer helado de dulce de leche o papas fritas. Si cerraba los ojos me podía ver meciéndome en una hamaca paraguaya a la sombra de una palmera, haciendo la plancha por horas o caminando a la luz de la luna por la orilla iluminada por los miles de fitoplancton que viven ahí. En la oficina, en casa, yendo a casa, en el colectivo, en la clase de spinning mientras el resto bailaba en la bicicleta y sí, alguna en clase buscaba información de vuelos, alojamiento, actividades, religión de los locales, fruta autóctona, canción pop del momento en el lugar, historias de viajeros… dándome cuenta de una única cosa: yo tenía que ir a ese lugar.

Situado an noroeste de las costas de India y cerca de Sri Lanka, Las Maldivas son el país más bajo del mundo, lo que permite que la vida acuática sea única y sus playas paraísos terrenales. Se dice que debido al calentamiento global y el descongelamiento de los glaciares, Las Maldivas desaparecerán en menos de 50 años (es.blog.hotelnights.com).
Infaltable la hamaca paraguaya debajo de la palmera (www.posterdejardin.es).
Los miles de fitoplancton bordeando las playas (cde.peru.com).
A unos pocos meses de estar en China ya había puesto un destino en el mapa. Pero existía un gran problema, un límite casi físico. No era el dinero, no era la distancia en este caso, no era el miedo a volar (todos saben que aunque me tenga que tomar algún elíxir alcohólico o hacer el ridículo nunca voy a dejar de viajar)… el problema tenía cuatro patas y se bañaba en las orillas de mi ahora paraíso terrenal. Parejas, sí, de esas de cuerpos esculturales que celebran su reciente matrimonio. Y no es que no pueda lograr ese cuerpo escultural, si me dan unos meses. Pero el sólo imaginarme en esas fotos, sentada no muy lejos de los tórtolos corriendo por la orilla, me hace acordar a las acotaciones de mi profesora de escritura en la universidad al ver alguna cosa que me costaba una buena nota: “No sé por qué, pero se ve raro”.
Bestias de cuatro patas sobre las costas de Las Maldivas (2.bp.blogspot.com).
Empecé a sentir una puntada en el pecho que se agudizaba más y más cada vez que abría una foto de esas. En parte eran los típicos síntomas del enojo repentino, pero sospechaba que había algo más que superaba mi límite de tolerancia a la incomodidad. Ver o escuchar sobre las islas hacía que mi mente entrara en protocolo de alerta y me volviera amnésica. Cuando volvía a la realidad luego de algún tiempo indefinido la idea de viajar a las Maldivas se había esfumado.

Es injusto me dije. Es como si ciertos lugares tuvieran un cartel que dijese “Prohibido el Paso (para solteros, por supuesto)” escrito por mí. Hoy que estoy del otro lado del mundo y tan cerca ese cartel se ve más grande que nunca.

No soy de esas que aceptan las cosas fácilmente, sobretodo porque soy muy poco tolerante a la incomodidad. Soy de esas que pintan grafitis obscenos en carteles como estos y se sienten victoriosas. Así que cuando sentí que realmente quería ir diseñé un plan maestro para ir a las Maldivas.

El Plan

Mi plan consistía en conseguir un hombre para irme de viaje.

Decirlo es una cosa y hacerlo es otra. Estaba en China hacía tan solo un par de meses y realmente no había conocido a nadie que realmente me interesara en Yangzhou. Después de haber conocido al ingeniero austríaco que resultó tener una inclinación por el nazismo, al italiano que por alguna razón no quería hablar del alcohol, al norteamericano que negó fútilmente besar a una de mis amigas mientras salía conmigo y a mi compañero de trabajo canadiense que literalmente me robó la cerveza de la heladera comunal de los profesores de inglés, las opciones se volvían increíblemente escasas entre la comunidad de extranjeros de la ciudad.

¿Por qué no salir con alguien de China? Porque en general no hablan inglés y yo no hablo chino (hablo muy poco), no me gusta jugar al mahong y aparentemente según varios conocidos nunca encajaría en el perfil de frágil, delicada, servicial y sumisa dama en apuros tan popular entre la comunidad masculina de china.
Con Yangzhou como zona de conflicto decidí ampliar la búsqueda e incluir Shanghai. Era hora de responderle los mensajes a Michael.

Había conocido al atlético australiano de 35 años de origen griego en mi primer fin de semana en China. Él recién había llegado de un viaje de negocios por el interior del país y yo visitaba un bar chino por primera vez. Ambos estábamos pidiendo algo para tomar cuando su romántica frase nos reunió en conversación: “Cerveza” me dijo señalando mi pinta de cerveza japonesa con el dedo “eso no es un trago para chicas”. No sé si fue su risita sarcástica o que lo que había dicho era una estupidez, pero ofendida y extrañada por el comentario emprendí mi camino para alejarme de aquel sujeto. Cuando se dio cuenta que su táctica de persuasión había fallado, me tomó de la mano y se disculpó por su falta de tacto. Un par de cervezas japonesas después Michael había logrado lo que nadie había logrado en meses: hacerme sonrojar. Cualquiera podría decir que después de unas cervezas me sonrojo fácilmente pero no fue este el caso, realmente había pasado una buena noche.
De cerveza japonesa y comentarios extraños.

Para ese entonces todas mis neuronas conectaban a favor de mi inminente futuro como maestra de inglés en Beijing New Oriental Foreign Language School in Yangzhou, así que Michael quedó un una segunda dimensión hasta que empecé a recibir sus mails. Aunque hacía demasiado énfasis en “estos chinos” o “aquellos chinos”, recibir sus mails me gustaba. Me distraía del arduo y muchas veces áspero proceso de adaptarme en China. Y, en fin, el australiano realmente estaba interesado en mí. A quién no le parece eso atractivo.

Pero he aquí que a medida que pasaban los días empecé a sentir cómo las ganas de contestarle me empezaban a abandonar. Michael era el hombre perfecto para mi plan: atlético, trabajador, le gustaba viajar, tenía una familia numerosa, amaba a su mamá pero la tenía lejos, jugaba con sus hermanos como si fuera un niño y tenía esa tonadita australiana que me puede. Pero Michael tenía 34 años y estaba soltero.
Tengo la teoría de que aquel que está soltero después de los 30 algo esconde. Todo el que me conoce bien me ha dicho alguna vez que lo único malo en eso es mi forma de pensar, más cuando mi edad se está aproximando a ese número.

Pero ahora tenía un objetivo que requería que hiciera mi teoría a un lado. Cedí, y cuando muchos días después de no contestarle Michael me escribió desde Grecia preguntándome si quería que me trajera queso feta y aceitunas (un poco porque me sentí halagada y un poco porque me gusta el queso feta y las aceitunas), decidí contestarle. Las Maldivas me estaban esperando y yo me lo merecía.

Cedí y luego de algunos días sucedió lo que jamás en mi vida: nos volvimos una típica pareja por mensajes telefónicos, preguntándonos que estupidez nos había dicho nuestro jefe ese día, cuál era el grado de polución aérea y qué íbamos a cenar. Aunque pasaba algunos minutos escribiéndole, me podía pasar horas pensando en él. Como Michael estaba en Grecia me mandaba fotos de él junto a su padre y sus hermanos, o de él caminando por la orilla y me mandaba comentarios sobre el color de los peces y crustáceos y de lo mucho que esperaba volver en verano. Pequeña cosa para algunos, Michael me estaba haciendo parte de su mundo y esperaba que yo lo hiciera parte del mío.

Me di cuenta que lo quería hacer parte de mi mundo cuando después de leer un mensaje bien temprano deseándome un buen día me percaté de que la canción melosa y demasiado edulcorada que escuchaba de fondo me resultaba tolerable. Desde ese día mi vida empezó a tener Soundtack otra vez, bailaba por los pasillos y tenía demasiada energía desde que me levantaba. Me volví una de esas que todos aborrecemos de vez en cuando.

Y un buen día Michael me invitó a salir.

Sólo me tomó una noche para darme cuenta de todo lo que quería, cuánto lo quería y de todo lo que definitivamente NO quería. Esa noche será conocida en mi anecdotario como: “La Noche en que Eché al Muchacho de mi Propia Cita”.

La Cita

Zora me había invitado a conocer su casa en Shanghai, pero en lo único que podía pensar además de en comprar pan francés, fruta que conociera de nombre y queso, era la cita con mi enamorado telefónico.
Ver a Michael nuevamente me había hecho sonrojar. Lo vi mucho más atractivo de lo que recordaba. Alto, de ancha espalda, sus canas grises aquí y allá en su perfecto peinado y un perfume que ya me había cautivado en otra oportunidad. Su voz era distinta a la que recordaba, como la voz de un extraño. Pero no faltó mucho para que la imagen de Michael cayera en el lugar adecuado. De buenas a primeras Michael empezó a meter la pata.

Yo soy una dama. Punto.
Mmmmmmmmm... cerveza! (1.bp.blogspot.com).
Cuando días antes de ese viernes yo le había dicho a Michael que quería ir a mi cervecería favorita en Shanghai, The Boxing Cat, y tomar una pinta de cerveza de jengibre comiendo un plato atiborrado de papas fritas, era cierto. Pero para qué ir a una cervecería popular entre los populares de Shanghai y que encima quedaba a pocas cuadras de mi hostel, si había un restaurant de comida china muy bueno más cerca. Granny’s mummy, el restaurant en cuestión, convenientemente a la vuelta de la esquina del hotel donde Michael estaba parando, tenía a todas sus momias de mármol en la puerta pero estaba claramente cerrado.
No había problema alguno, Robert sabía que el restaurant japonés del hotel era muy bueno. Robert era un amigo de Michael, y como este temía por la integridad social de su amigo si este cenaba solo, lo había invitado. Al parecer yo no era la única atacada por los nervios esa noche, pero al menos no había invitado a ninguna amiga de chaperona. De todas maneras yo no soy de hacer berrinche, la mayoría de las veces, y la presencia de Robert en la cena me hacía sentir más cómoda, menos responsable de silencios incómodos.

Un punto menos por invitar a chaperón.

Ser casi vegetariana en un restaurant japonés en China no era una a favor. Todos acá sabemos que estos restaurantes Tappenyaki son el paraíso de un comecarne con una billetera abultada. Si antes me estaba costando volverme al vegetarianismo en China Michael no ponía su granito de arena. Yo no era vegetariana, tenía que dejar de mentir ¿Cierto, Robert? Robert había insistido en pedir vegetales, pero todo lo que llegó a la mesa fue un plato de sushi y sashimi, que costaba más que el alquiler de un departamento en Buenos Aires, y mi simple sopa de zapallo que justificaba que se me hubiera dado un menú.

Un punto menos por autoritarismo anti-vegetales.
Menú en un Tappenyaki: tooooooooooodo tiene carne. Adiós cerveza con papas fritas.
Varias botellas de cerveza Asahi y un par de jarras de sake después logré olvidarme de la evidente falta de cortesía. Pero Michael demostraría tener todas las cualidades para hacer de esa noche algo para lo que nadie tiene paciencia.

De repente mi nombre se volvía tema de conversación. Para Michael decir Sofía era sinónimo de decir Sofía Vergara. Aparentemente yo era tan exótica como ella o una serpiente, ¿Cierto, Robert? Lo exótico era rejuvenecedor, pero no lo demasiado exótico, como las chinas. No creo que el largo y detallado monólogo sobre cómo las chinas eran demasiado planas, olían mal, no podían articular palabra y lo único que querían era sacarle el dinero a algún extranjero explicaba por qué observaba con tanto detenimiento a la preciosa mesera que se acercaba a cada rato cuando él la llamaba para traer más alcohol.
Para el que no sabe quién es Sofía Vergara (blogcu.com).
Un punto menos por llamarme exótica sin saber lo que la palabra significaba, dos o más puntos menos por mirar a otra mujer en plena cita.

Su amigo cedía su atención a su teléfono móvil de a ratos para contestar mensajes de lo que pienso era solo una mujer, mientras yo intentaba reconocer algo del hombre que me había conquistado en tan poco tiempo en aquel nazi comecarne que hablaba sólo en jerga machista. Sin entender palabra de lo que Michael decía a esa altura de la noche me distraje en el entramado del techo del elegante restaurante. Me vi desde ese mismo techo teniendo una cena con alguien que tenía mucho coraje para criticar a hermosas núbiles chinas por no hablar inglés cuando él no articulaba palabra en su idioma aún viviendo en China hacía tres años. Me vi apartando al langostino de saltones ojos negros que Michael había puesto en mi plato para probar que yo no era vegetariana. Me ví rogando fútilmente con la mirada a Robert que cambiara de tema cuando Michael sacó su teléfono móvil para mostrarme una foto donde sostenía entre sus piernas un enorme y ensangrentado pez que él había pescado.

Un punto menos por intentar explicar por qué la pantalla estaba toda quebrada. Todos sabemos que esas cosas son de borrachos. Nada de historias donde se persigue a ladrones callejeros por la calle que, en pánico ante el temible australiano, tiraran el teléfono móvil al suelo previo a huir.

Michael evidentemente no era el hombre para mí, pero había algo que no me dejaba salir corriendo de ese lugar, algo alojado muy adentro cerca de la boca del estómago. Tuve que aislarme de todo sonido externo y aquietar mis emociones para poder escuchar la voz detrás de las fuertes pulsiones en mi interior. Primero ininteligible pero poco a poco cargada de energía y prometiendo iluminación empecé a escucharla más claramente. Firme y sólida la voz me decía “hacelo por las Maldivas”.

Y lo hice, me quedé por mi ridícula obsesión por las Maldivas. La noche estaba muy lejos de terminarse, pero muy dentro mío, y a medida que Michael dejaba de respirar para abrir la boca y articular palabras, yo sabía que la cita ya se había terminado. No sin antes algunos golpes.

Robert se había disculpado, pero Michael no volvería a ser el mismo después del tremendo derechazo debajo de las costillas de su “amigo”. Luego de que Robert lo tirara al suelo de un golpe, Michael había perdido un botón de la camisa y su integridad. El problema claramente había surgido después de varias veces Michael le preguntara a su amigo por qué no se iba y nos dejaba solos. Si me hubieran invitado para hacer de una cita algo más informal y me intentaran echar cada dos segundos, yo hubiera golpeado a Michael mucho antes que Robert.

Punto para Robert.

Robert estaba profundamente apenado y se había disculpado ya más de lo necesario, pero antes de la medianoche el victimario huyó discretamente para encontrarse con su dama.

Lo extrañé el resto de la noche.

Su ego estaba lastimado, pero Michael no dejaría que eso le robara su noche. Finalmente, muchas botellas de alcohol japonés después, me invitó a conocer una cervecería artesanal. Después de todo yo quería probar la auténtica cerveza artesanal de Shanghai, ¿Cierto? Sería el turno de Shanghai Brewery.

Eeeeeeehm, punto… para el australiano.

Me tomó del brazo y rodeándome el cuerpo me abrazó con ternura mientras íbamos caminando por la costanera del río Yantgze. El me hablaba de la arquitectura colonial del lugar con poca precisión, pero no importaba. Yo yo me abandoné a mí misma en mi fantasía maldivense por unos momentos ¿Por qué darme por vencida? La noche era demasiado joven. Michael todavía tenía que mostrar quién era. Tenía que darle una oportunidad. Se la doy a mis alumnos todos los días, ¿Por qué no a él?
El Bund de noche (vacationsideas.com)
Un punto menos para mí. Por Boluda.

Después de tirarle una pinta entera de cerveza encima del vestido a tu cita cualquier hombre se daría cuenta que la noche ya estaba terminada. Más cuando antes de hacerlo le había confesado a la dama que jamás querría visitar su tierra natal por ser un país sudamericano tercermundista. Pero más claramente debería dicha dama darse cuenta de que ya no había por qué estar ahí cuando el barman  de la cervecería le preguntase  “¿Querés que nos sumemos a tu mesa y hablemos con él para que no te moleste más?”.

Muchos puntos menos para mí. No me fui.

No recuerdo con lujo de detalles lo que sucedió luego de salir de la cervecería. Recuerdo cruzarme a la una mendiga que Michael había echado cuando ésta le pidió dinero. En su arraigado Shangainés me repetía “hombre malo”, mientras señalaba a Michael. Me recuerdo entrando a un lujoso hotel donde había un KTV (Karaoke chino) al que me invitó un grupo de chinos al escucharme cantar en el ascensor. Me recuerdo bailando salsa en un bar cubano… no mucho más.

Sí recuerdo que el último intento de Michael por conquistarme involucraba un bar cubano con  la mejor vista de los rascacielos de Pudong. De más está aclarar que las ventanas del bar estaban cerradas, así que cansada, y preguntándome algo confundida cuántos tragos tenía en mi haber esa noche, me senté en la barra.

No sería extremo machismo, maldad, torpeza ni total falta de conexión sino un pedazo de papel el verdugo de la noche. Mientras mi hombre me declaraba unas románticas palabras a la luz de las lámparas de los años ’20, una línea destacada en rojo furioso en el menú del bar se robó mi atención por completo: “Cosmopolitan al Argentinísimo Malbec”. Me volví sorda a la falta de originalidad del discurso, sólo tenía oídos para oír lo que mi corazón tenía que decir.

Malbec. Una palabra afrancesada para muchos. Para mí, en un mundo que no me ofrecía un café dónde desayunar mi café con leche y medialunas, que no me dejaba compartir el mate con amigos, que postergaba una copa de vino tinto junto a mi papá un domingo y que me dejaba a merced de un australiano egocéntrico de 34 años, ver esa palabra me dio un refugio.

No podía quitar la vista del menú. Desgraciadamente me había dado cuenta de algo triste pero revelador: ver una pequeña porción de mi país en un pedazo de papel me había hecho más feliz esa noche que hablar con Michael durante esos tres meses.

No iba a ir a las Maldivas, no con él.

Le tomé una mano para callar sus palabras, le sonreí y, tratando de lastimar su evidente ego lo menos posible, le expliqué que me tenía que ir. Pero si mal no recuerdan, la noche terminaría conmigo echando a Michael del lugar.

En mi país llamamos “manotazo de ahogado” a aquel intento por mantener una situación que se sabe es imposible de mantener. Michael era uno de esos que no tenía talento ni para eso. Si yo pensaba que ya había hecho todo lo posible por arruinar una cita, estaba equivocada. Todavía tenía que demostrar ser poco inteligente. Lo que dijo fue algo así como “Eras una de mis dos opciones, pero hoy en día sos mi única opción” y seguido a eso, y cuando me vio revolear los ojos descreída de la situación, agregó “no, no me entendés, tu inglés no es tan bueno”.

Habiendo hecho mérito tuvo que ser echado del lugar. Cerré los ojos y le dije que cuando los abriera tendría que haberse ido. Cuando los abrí Michael se había ido.

Esa semana había aprendido a dar direcciones en chino. Le agradezco a mi cerebro ser tan memorioso incluso en situaciones en que no estoy tan lúcida. Llegué al hostel no mucho después de las 2 am. Una resaca después, la pesadilla había terminado.

Moraleja

No he ido a las Maldivas. Pero aún así, sin haberme hamacado en aquella hamaca, sin haber visto las olas bordeadas por aquellas luces naturales, siento que de todas maneras hice un viaje con esta historia.
Esa primera y última cita, y todas mis experiencias “amorosas” en China, me han mostrado algo de mí que pensé que estaba un poco perdido.

Cuando estábamos cenando en el restaurant japonés, pude llenar un solo silencio incómodo hablando de lo mucho que me gustaba viajar. Nunca me imaginé que las Maldivas iban a ser un tema de conversación y menos que yo no las mencionara primero. Michael nos dijo que uno de sus sueños era visitar las paradisíacas islas.

Yo no le había hablado de mi obsesión, ir a las Maldivas también era su sueño y probablemente por la misma razón. Él no sólo quería ir a las Maldivas, sino que una cálida sonrisa me había demostrado que él sentía lo mismo que yo: que habernos conocido nos había dado la posibilidad de encontrar a nuestro compañero de viaje.

Pero tengo que admitir que no armé mentalmente las valijas cuando dijo “podemos ir, ¿No?”. Fue todo lo contrario. Una parte de mí se fue del restaurant cuando dijo eso, mi otra parte se imaginó esas vacaciones.
Se me heló la sangre. Me imaginé protagonista en esas fotos de las que tanto hablé, ambos mirando el atardecer mientras él intentaba abrazarme y yo me escapaba de sus grandes manos. Lo único que sentí fue soledad. Es decir, cómo podía haber considerado ir a las Maldivas con alguien que idolatraba las películas de Sylvester Stallone y no sabía quién era Gandhi.

Esa noche entendí que ese peso que sentía presionándome el pecho cada vez que veía fotos de las Maldivas no tenía que ver con no poder viajar. Ese vacío, esa sensación de falta tenía que ver con que no tenía a nadie con quién compartir un viaje tan bello. Y no me refiero a viajar a las Maldivas, me refiero al viaje de mi vida.


 No sientan pena. Esto no se trata de mirar a un costado, se trata precisamente de mirar con intensidad y apreciar lo que se encuentra. Cuando supe qué era lo que sentía en realidad, no descubrí en mí más que alivio y una enorme felicidad. Verán, me permití realmente querer a alguien una sola vez en mis 28 años, y cuando decidí ponerle fin a una historia que se había robado gran parte de mi capacidad de amar, pensé que no lo iba a poder hacer nunca más. Lo vi, lo pensé, lo sentí, lo bebí por muchísimo tiempo… hasta que decidí volver a mirar hacia adentro.

Venir a China, ya lo he dicho, fue parte de un plan para re-conocerme a mí misma en el contexto más incómodo posible. Hallar las piezas y armar el rompecabezas otra vez. Y adivinen qué, saber que uno quiere compartir sus días con alguien es un hallazgo, es parte de ese proceso. O al menos lo es para mí, que soy una persona difícil a la hora de enamorarme.

Uno podría pensar que cuando me despierto a la mañana y miro la porción de mi cama donde nadie duerme, me entristece. Pero no es lo que sucede, sino todo lo contrario. Está bien que yo soy de las que duerme hecha una bolita a un costado, pero eso no quiere decir que exista un vacío. Todo lo que veo ahí es un espacio para la posibilidad. Me gusta pensar que hay un lugar en mi vida para alguien que me deje cuidarlo como me gusta cuidar de mi gente. Y me gusta pensar que hay alguien ahí afuera que quiere abrazarme y no dejarme salir de la cama hasta muy tarde un domingo la mañana. Pienso que me estoy levantando demasiado temprano… los domingos se hicieron para dormir ¿No?


Y si todavía se preguntan por qué decidí escribir sobre todo esto, sí hay una razón. Estaba sentada en uno de los jardines que mira al Taj Mahal en la antigua ciudad de Agra hace algunas semanas cuando sentí que ya no estaba sola. Sentí que quien quiera que sea no está lejos. Quizás haya sido el estar en ese altar al amor eterno (suena terriblemente meloso cuando uno lo dice sin estar en ese lugar, pero imaginen que estoy ahí) y todo lo que significaba, pero al menos entendí algo de mí y de mi vida. Si no poder querer a nadie estaba relacionado a no poder quererme a mí misma, el problema ya está resuelto.

Todavía me quedan unos cincuenta años antes de que desaparezcan las Maldivas.

lunes, 17 de febrero de 2014

Mi idea de India

Cuando me mudé a China en Agosto del 2013 nunca imaginé que iba a poder viajar a la India. Tuve que estudiar mucho sobre la India en la universidad y desde que practico yoga conocer ese místico lugar fue un sueño. Siempre me fascinó su historia, su cultura, su literatura, la vida de su Bapu (todavía no puedo creer que muchos de mis alumnos adultos no sepan quién fue Gandhi), la lucha de la mujer hindu por su independencia social... y entonces con aires de pretensión una tarde puse una foto en la pared del Taj Mahal. La India era un lugar de los tantos otros que quería ir a visitar en el futuro.

Esa foto fue lo primero que vi una fresca mañana no hace mucho tiempo. Me pasé varios minutos observando las paredes de mármol teñidas de rojo por el sol del atardecer hasta que lo sentí, tan fuerte que no pude hacer otra cosa ¿Sería posible? Sí, podía pagar los pasajes. Podía ir a la India.

Hacía algún tiempo me había dicho a mí misma que no sería posible viajar a ese país, porque era peligroso viajar sola y quien estaba al lado mío no me acompañaría jamás a "ese país". Como tantas otras en mi vida, entender que podía hacerlo fue una increíblemente grata sorpresa.

Sencillo. Hecho. Me sentí un poco tonta, pero bueno, nunca está de más reconocer debilidades.

Lo que me estaba resultando difícil hasta hace poco era contestar lo que parece una pregunta trivial. "¿Cuál es tu impresión sobre India?" para mi se volvía imposible porque no entendía que era lo que la gente esperaba escuchar. Hasta que encontré mi manera de responder la pregunta.

Y para empezar este viaje los dejo con mis respuesta.

¿Qué es India?

Hay una sola y millones a la vez, tantas como personas se atrevan a describirla. Yo tengo que cerrar los ojos. Ahí está la agradable briza de las montañas que me trae aromas de comino, anís, cardamomo, jengibre, pimienta y mostaza. Madre Ganga, el río milagroso y puro, se hace cristales celestes a la distancia y a sus pies los discípulos de algún ashram cantan un mantra preparándose para la ceremonia de aarti y pedir a su madre que los libre de la oscuridad. No muy lejos un grupo de cinco hermanas corre por el margen del río persiguiendo turistas para venderles flores. Veo caminos de tierra mojada y veo caminos de tierra seca que se eleva por el aire tiñiendo los edificios con un leve tono amarillento. Veo saris y pashminas de colores danzando al ritmo de una sitara. Siento el calor en los rostros de las mujeres que me devuelven una sonrisa, felices quizás por haber sido notadas. Veo amas de casa limpiando las alfombras de intrincados patrones golpeándolas contra las ventanas. Veo a una novia que se protege de las miradas de los ciudadanos detrás de su pañuelo, mientras su madre y su tía eligen telas y souvenirs para el casamiento en el mercado atiborrado de productos sin ordenar. Veo a algunos vendedores que se esconden detrás de las columnas para sorprender y negociar ágilmente con algún turista que se ha acercado a ver sus productos. Quizás lo logre o quizás al menos pueda acercarse lo suficiente a alguna hermosa mujer que no se ha percatado de su presencia y asustarla. Veo ambiciosos conductores que a altas velocidad esquivan a tranquilos peatones y vacas que han encontrado un lugar en la estrecha calle. Veo cabras y monos masticando bolsas de plástico que probablemente haya dejado el vendedor ambulante de jugo de caña de azúcar y menta en el suelo. Veo a una mujer secando sus ropas al sol en un ghat del lago Sarovar, esperando que el agua bendecida por Brahma cure sus penas y le envíe otro hijo. Veo al chaiwala con una bandeja llena de pequeños vasos de té masala tan dulce como sus laddu, pequeñas bolas de masa de garbanzo frito y recubiertas de azúcar. Veo a esa mamá mezclando el arroz con el dal, masala y paneer con las manos para dárselo a su hijo allí a su lado. Y me veo a mí. Respirando. Ojos cerrados. Sintiendo. Intentando entender y sabiendo que la verdad no está lejos.


Y después de haber leídos todo esto lo único que puedo sostener es que es un país que no puede describirse con palabras. Hay que vivirlo para entenderlo.


viernes, 31 de enero de 2014

10 Cosas para pensar antes de viajar a China o por China

No me considero la mejor viajera. Estoy lejos de ser como Verónica Augusto, que a modo girl scout siempre está lista a la hora de decir 1, 2, 3... a viajar! Me la imagino con sus checklists preparando, organizando, reservando, comprando tickets aéreos y diseñando un itinerario meses antes de viajar. A mí me despierta el hambre por viajar... algo me gustó y lo pongo en mi mapa mental de viajera. 20 minutos después armé un itinerario que ni siquiera un viajante con la posibilidad de teletransportarse podría hacer. Entro en pánico cuando me doy cuenta que no me puse cierta vacuna y que quizás no me dejen subir al avión. Y finalmente termino recorriendo lugares que no me imaginaba recorrer, desechando mi itinerario inicial.

Soy así: organización desorganizada. Y eso me hace feliz.

Desorganizada o no, yo digo que siempre hay cosas que necesitamos tener en cuenta antes de viajar. Esas cosas varían según el destino y no son sólo materiales, pero son como pañuelitos descartables mágicos que nos permiten viajar a lugares muy distintos sin llorar en el intento.

Luego de cuatro días de empezadas mis vacaciones en la majestuosa, tranquila, antigua y tremendamente fría en invierno ciudad de Beijing, y pensando que quizás debería haber escrito esto antes, se me ocurrió una lista de cosas que uno tiene que tener en cuenta antes de viajar a cualquier ciudad de China.

1.  El mapa

Si bien uno puede prescindir del mapa en muchas ciudades y países para preguntar dónde queda una calle, una montaña, un castillo o un baño, en China tener un mapa a mano es vital. Sí, vital. Y si es posible hay que  mirarlo el día anterior a viajar, no entrar en pánico si no entendemos los nombres de las calles, ver dónde están los lugares que (quizás) uno quiere visitar. Prometo que pueden evitar marearse y ahorrarán muchísimo tiempo.

Por qué es vital: Si bien encontrarán en su camino muchísimas personas que se pararán a contestar todas las preguntas que uds. quieran hacer (sí, todas, y hasta a veces te acompañan un par de cuadras), en mi experiencia entiendo que en China casi siempre pasan tres cosas cuando uno no sabe para dónde ir y pregunta a extraños dónde está tal o cuál lugar:

  • No tienen muy buen sentido de la orientación y te envían al lugar equivocado sin querer.
  • No saben leer bien el mapa aunque tenga caracteres chinos (no se les enseña en la escuela).
  • No saben donde está el lugar, pero aún así te enviarán a algún lado con el fin de lograr su cometido de responderte la pregunta.

2. Cuando el mapa falla no queda otra que… preguntar

Estando en una gran ciudad con un Smartphone no hay que recurrir a estos métodos arcaicos ni a la brújula, pero quizás sea recomendable acostumbrarse a usar mapas y preguntar porque muchas veces no habrá señal y maldecir al idiota que inventó internet y el 3G juro que no ayuda.

Así que cuando no podemos consultar con Google Maps dónde estamos después que el colectivo nos dejó en un hermoso bosque de bambú en vez de en la estación donde teníamos que ir es que tenemos que preguntarle a alguien que esté alrededor. Pueden usar mi técnica si es que no elaboraron una ya. Puede funcionar como no.

Cuando uno pregunta por un lugar es SUMAMENTE importante decir el nombre del lugar bien. Hay que respetar los tonos, la fonética y demás. Si vemos que no nos entienden siempre podemos recurrir al lenguaje corporal (deberían verme explicar que es un subte con mis manos).

No hay que resoplar (o sí) ni llorar.

Ahora, sea lo que sea que nos indiquen, desde una descripción detallada hasta un simple brazo apuntando en una dirección, y a menos que sea un oficial de tránsito, hay que corroborar.

Este hombre quizás no tenga idea dónde está mandando a esta señora.
¿Cómo?

Hay que seguir preguntando a dos o tres personas más como mínimo. Si todos nos dicen cosas distintas hay que hacer dos cosas: 1) volver al mapa o 2) elegir a lo de gallito ciego y rezar si uno es religioso. No es poco frecuente que distintas personas nos manden a distintos lugares. Algunos pensarán que saben dónde queda y otros te responderán la pregunta con tal de no perder el honor al demostrar que no pueden contestarla. Y uno puede maldecir sus tradiciones... pero la vida ES ASÍ.

No hay que temer. Si no llegamos a destino y perdemos un tren o bus les aseguro que de hambre nadie se va a morir en China, caigamos donde caigamos.

3. Mentalizarse en que uno no se va a intoxicar con comida y poner varias medicinas para el estómago en la valija mientras uno lo hace

No vamos a andar señalando a China como un país donde uno se intoxica sí o sí, porque cuando uno viaja siempre existe la posibilidad de enfermarse. Podríamos decir que la comida, el agua, y los bichos que nos rodean son distintos y entonces siempre corremos el riesgo de descomponernos. Sin embargo… en China no hay día que no vea a alguien descompuesto en la calle. Muy descompuesto.

Muchas son las historias de gente que tiene que interrumpir sus tareas diarias para correr al baño más cercano, que puede estar a varias cuadras. No vamos a indagar mucho por qué estas cosas suceden, pero suceden.

Por eso siempre hay que tener algún tipo de medicina para el estómago a mano y pastillas de carbón.
Como dije antes yo creo que en China este tipo de episodios ya se agrega a la rutina semanal, así que todas las farmacias tienen remedios convencionales y muy poco convencionales, pero siempre nos tenemos que ayudar con algún asistente temporario que nos ayude o el google Translate.

Eso y, según los chinos, el helado de té verde nos dejarán como nuevos en unas horas.

4.    4. Paper higiénico y pañuelos descartables

Sea de esos lugares en que la gente no puede pasar porque no hay espacio y no podemos distinguir la pared del suelo por la suciedad, o sea de esos lugares en que los muebles tienen detalles de laca en rojo y podemos escuchar música china tradicional de fondo, casi todo lugar público en china tendrá baños en distintos lugares que carecerán de papel higiénico.

Si se considera la ALTA probabilidad de que en algún momento suceda algún episodio como los mencionados anteriormente, yo recomiendo SIEMPRE tener esto en la cartera, bolsillo o campera.
Estos a mano siempre.


5. Una identificación

Yo soy de esas que siempre se olvida que por más que tengamos todas las ganas del mundo guardadas en la billetera, si no tenemos dinero hay lugares a los que no podremos acceder. Simplemente son costosos.

China es uno de esos países en los que, al menos en las grandes ciudades, hay que pagar para ir a casi cualquier lado. Lamentablemente no exagero.

Nadie puede negar que viajar por China es lo más placenteramente barato que existe en el mundo (probablemente, son datos no chequeados estadísticamente), pero entrar a un pagoda puede salirte más caro que ir a comer a un sofisticado restaurant de langosta de mar.

Por eso es IMPRESCINDIBLE no olvidarse las credenciales de estudiante o de docente en casa. Si la credencial está en otro idioma la reconocen de todas maneras como válida (probablemente porque no sea un gran problema y porque en general la gente en China confía en la honestidad de la gente al decir que son esto o aquello). El descuento es del 50%.

Y para los que se quieren a animar a ser un poco deshonestos (porque no lo pueden pagar), tengo un pequeño consejo: si muestran cualquier identificación y dicen ser estudiantes o docentes probablemente también les hagan el descuento.

6.      6.  Monedas y muchas

Para pagar el metro fundamentalmente. Suena un poco exagerado mencionarlo, pero en vacaciones o en hora pico intentar sacar un boleto de metro puede demorarnos una media hora.
7.      
            7. Bu yao

Esto es algo que hay que tener bien apretado en la mano u oculto detrás de la oreja. Es el poder que nos hace fruncir el ceño o enseriarnos mientras seguimos caminando y lanzamos un “bu yao” (no quiero). Si bien puede hacernos pensar que estamos siendo muy maleducados estas dos palabras nos pueden sacar de muchos apuros. Nunca hay que pensar que elevar un poco la voz es de adolescente insolente, es algo necesario y a lo que vendedores demasiado insistentes y estafadores están acostumbrados.
Es muy común que en marcados de todo tipo los vendedores nos sigan para convencernos de que una oferta es demasiado buena para no aceptarla, pero muchas veces no es así. Cuando no deseamos algo o nos parece muy caro y no llegamos a regatear lo suficiente hay que mencionar estas palabras mágicas tres veces y con suerte el vendedor se desvanecerá.
Pero más importante es mencionarlo a gente que procede de la siguiente manera:

  • Se nos acerca para pedir que saquemos una foto de algún grupo en perfecto inglés y con la sonrisa de una azafata al inicio de un vuelo.
  • Nos pregunta de dónde somos, qué edad tenemos, qué hacemos en China y después nos halaga nuestra belleza o nos dice que parecemos más jóvenes de lo que somos (en ese orden y con un ímpetu de alumna de tercer grado después de haberse comido tres chupetines sin pausa)
  • Nos cuenta de la relación que tiene con el resto del grupo, nos habla de su perfecta educación y por qué viaja y le gusta el inglés.
  • Nos invita a una milenaria casa de té donde un fantástico experto nos enseñará los secretos de la alquimia del té, o a un teatro en un edificio de la segunda guerra mundial donde dos peleadores de kung fu adoctrinados en el templo Shaolin darán el mejor espectáculo visto por el hombre, o a una galería de arte donde se podrá apreciar aquello que el maoísmo nunca dejó ver.
Estas son personas que se dedican a estafar a la gente y colaboran con estos espacios donde solo habrá té, un espectáculo de kung fu y una galería de arte como cualquier otra pero donde se nos cobrará dinero que quizás no tengamos.
Bu yao! (rebajeanonthescene.tumblr.com)

Danger! Danger!
8.      
      8. Google Translate

Tener esta aplicación en el celular aunque dependamos del wifi y no tengamos el famoso 3G es importante muchas veces. En China el idioma oficial es el mandarín, pero es muy sabido que con solo alejarse unos kilómetros de Beijing el acento de los locales puede sonar como gruñidos o alaridos ininteligibles (sin mencionar que es muy posible que no nos entiendan ni siquiera en Beijing). Por eso, entrar en Google Translate y tipear que es lo que queremos que la gente sepa SIEMPRE da una mano. Hay que tener cuidado con las traducciones y los contextos, pero no puedo negar que muchas veces me hizo llegar a destino.

También existe la app Pleco, donde podemos dibujar caracteres que no entendamos o frases en alfabeto occidental y se nos proporciona su significado. Esta aplicación funciona sin necesidad de conectarnos a internet.

Qué haría yo sin un celular… probablemente llorar más de lo que usualmente lloro.



9.       9. Lista de websites

Es la realidad. Aún los hablantes de chino más expertos tienen problemas para comunicarse con los locales, al menos al principio. Por eso, y si estamos con poco tiempo, tener una lista de websites populares entre los occidentales en China es importante. Allí no solo nos enteraremos de eventos y podremos buscar información vital sobre transporte y lugares a visitar, también se nos dirá cómo acceder a ciertos lugares y a qué horas podremos hacerlo.

Nadie quiere llegar a Beijing un lunes para enterarse que la Ciudad Prohibida, el Mausoleo de Mao y todo el resto de las atracciones que quiere visitar están cerradas. O que si uno llega a un parque a las 4 pm lo más probable es que no pueda entrar. Pasa, no me digan que no.
Las que yo recomiendo visitar para tener información de China:

www.chinatravelguide.com (web de información turística sobre ciudades y sus puntos turísticos, así como de horarios y categorías de trenes)
www.ctrip.com (página de transporte en China que ofrece vuelos baratos y servicios de alojamiento)
www.elong.com (muy parecida a la anterior)
www.lonelyplanet.com (sección China)
www.expat-blog.com (información de gente de tu país que está en China o en otros países así como un listado de blogs sobre gente que viaja o vive en China)
www.chinalati.com (red de blogs sobre viajar y vivir en China)
Son los que se me ocurren y a los que recurro cuando necesito información de este país en el que vivo.

10. Las ganas de sorprenderse

Este es un consejo muy personal y por eso muy válido. Soy de esas personas a las no les gusta saber exactamente qué es lo que sucederá en una película. Si voy al cine es porque me gusta el director de la película, los actores o el poster promocional... CASI nunca sé de qué va a tratar.

Qué es un viaje sino una película en la que uno es protagonista. Me puede gustar alguna foto, me puede gustar la historia, me puede gustar un reto o una aventura, me gusta que me recomienden lugares, pero antes de viajar no miro fotos y si alguien las postea en facebook hago lo posible por pasarlas rápido. Para mí viajar es como ir al cine. Y hasta ahora todas han sido sorpresas tan gratas que me alegro de ser un poco así.

Háganlo al menos una vez. Visiten ese lugar por primera vez sin haber visto fotos de él... prometo que no se van a arrepentir.

La sorpresa que me aguardaba en el Palacio de Verano de Beijing... 45 minutos observando un atardecer en un lago de cuya existencia no tenía idea.